Aterrizar en Costa Rica no es solo llegar a un país: es entrar en una nueva frecuencia. El aire denso y amable de San
José te envuelve en cuanto sales del aeropuerto, y una sonrisa auténtica, la de nuestro guía local, te da la bienvenida
como si llegaras a casa.
Durante el traslado al hotel, los ojos se pierden entre colores vivos, edificios que conviven con la vegetación, y ese
ritmo tranquilo que invita a bajar las revoluciones. No hay prisa, solo un suave aterrizaje en esta tierra vibrante.
La tarde queda abierta, como una página en blanco. Puedes aprovecharla para explorar los alrededores del hotel,
dejarte llevar por los sonidos urbanos, el canto de los pájaros o el perfume de los árboles tropicales. O simplemente
regalarte el descanso, sintiendo cómo el cuerpo se acomoda al viaje mientras la mente comienza a abrirse al
asombro.
Al caer la noche, una sugerencia se vuelve irresistible: busca un pequeño restaurante local y pide un casado. Este
plato típico —con arroz, frijoles, carne o pescado, plátano maduro y ensalada— no solo sacia el hambre; cuenta
una historia, revela sabores, conecta con la tradición. Es la primera puerta al alma tica.
*El guía esperará en el aeropuerto aquellas reservas que hayan contratado los vuelos con nosotros*
El día comienza con el ritmo de la ciudad. Tras el desayuno, salimos a descubrir San José con los ojos del viajero
curioso. Caminamos por la Avenida Central, donde el bullicio local y las fachadas coloridas nos introducen a la vida urbana tica. El corazón del recorrido late en el Mercado Central, un verdadero laberinto sensorial: entre pasillos
estrechos, aromas de café recién tostado, frutas exóticas, especias y manos que trabajan la artesanía con herencia.
La Catedral Metropolitana, majestuosa y silenciosa, se alza como testigo del tiempo y la fe. Luego, un alto en la
Joyería “Esmeraldas y Diseños” nos conecta con el arte de la orfebrería costarricense, donde cada pieza parece
contar una historia tejida en metal y piedra.
Pero la verdadera transformación comienza por la tarde. Dejamos atrás la ciudad y nos adentramos en el corazón
palpitante de la naturaleza: el Parque Nacional Braulio Carrillo. Su denso bosque nuboso nos acompaña en el
trayecto hasta La Pavona, donde el mundo cambia de nuevo.
Subimos a una lancha, y con cada metro navegado por los canales de Tortuguero, la selva se vuelve más cercana,
más viva. Garzas, monos aulladores, iguanas, caimanes… todo parece emerger del paisaje en silencio, como si la
selva se abriera solo para nosotros.
Al llegar al pueblo de Tortuguero, entre lagunas y mar, la sensación es de haber viajado en el tiempo. Calles de arena, casas de colores, una iglesia humilde y un acueducto que une a la comunidad. El alma caribeña del lugar nos
envuelve.
Nos instalamos en el lodge, donde una cena deliciosa nos espera, y el sonido de la selva reemplaza al bullicio del
día.
Y cuando cae la noche, la naturaleza nos ofrece un acto sagrado: la posibilidad de presenciar el desove de las
tortugas (actividad opcional). Bajo la guía de expertos locales, con respeto y asombro, caminamos por la playa en
penumbra. Allí, una madre ancestral cumple con su ciclo: excava, deposita, cubre… y regresa al mar. Una experiencia
íntima y sobrecogedora que deja huella.
El amanecer en Tortuguero es un susurro. El canto de los pájaros despierta el día con suavidad, como si la selva
misma respirara junto a ti. Después del desayuno, comenzamos nuestra caminata por los senderos del lodge,
acompañados por un guía naturalista que transforma cada paso en una revelación.
Entre raíces retorcidas y hojas inmensas, el bosque tropical despliega sus secretos: plantas medicinales, ranas
diminutas, tucanes de vivos colores y árboles que cuentan siglos de historia. Cada sonido tiene un propósito, cada
sombra esconde vida. La selva, más que un lugar, es una presencia.
Regresamos al hotel para disfrutar de un almuerzo incluido, con sabores frescos y locales, y la tarde se abre para
que cada viajero elija su ritmo: descanso en la piscina, lectura al son de la naturaleza o simplemente contemplación.
Cuando el sol comienza a inclinarse, subimos a la lancha una vez más. La navegación por los canales del Parque
Nacional de Tortuguero es un viaje dentro del viaje. El agua, como un espejo, refleja la selva en calma. A los lados,
monos cariblancos, perezosos suspendidos en las ramas, caimanes reposando en la orilla. Todo parece
detenido en un instante perfecto.
Al regresar al lodge, la noche cae lentamente. Nos espera una cena incluida y la reconfortante sensación de estar en
uno de los lugares más vivos y mágicos del planeta.
Aquí, entre agua y vegetación, el tiempo tiene otro ritmo.
Despedirse de Tortuguero es como salir de un sueño húmedo y vibrante. Tras el desayuno, embarcamos por última
vez en la lancha, deslizándonos por los canales en calma, con la selva aún susurrando su despedida.
Al llegar al embarcadero, el trayecto continúa por carretera, atravesando paisajes cambiantes, donde las montañas y
plantaciones comienzan a perfilarse.
A mitad de camino, hacemos una parada que sorprende por su colorido: el Centro Turístico Las Iguanas. Aquí,
decenas de iguanas verdes, algunas de tamaño imponente, reposan entre ramas y hojas, soleándose con
indiferencia frente a nuestras cámaras curiosas. Un espectáculo natural perfecto para los amantes de la fotografía y la
fauna tropical.
Continuamos el viaje hacia La Fortuna, y en el trayecto disfrutamos de un almuerzo incluido en un restaurante local.
Es el momento ideal para saborear productos frescos y platos que reflejan la riqueza de la tierra costarricense.
Al llegar a La Fortuna, un pequeño pueblo acogedor y vibrante, realizamos un paseo de orientación con nuestro guía.
Caminamos por sus calles tranquilas, conocemos su iglesia, el animado Parque Central, y, sobre todo,
contemplamos la silueta inconfundible del Volcán Arenal, que domina el paisaje con su presencia majestuosa.
La tarde queda libre, perfecta para recorrer a tu ritmo, visitar una cafetería y probar un excelente café local, o
simplemente relajarte contemplando el entorno.
La cena es libre, y la noche se convierte en una excusa deliciosa para rendirse ante los sabores del país: un casado
con carne o un sabroso gallo pinto, dos joyas de la cocina costarricense que resumen toda su identidad en un solo
plato.
La jornada comienza entre la neblina suave y la silueta poderosa del Volcán Arenal, que nos acompaña silencioso
mientras nos dirigimos al Parque Nacional Volcán Arenal. Junto a nuestro guía, nos adentramos en un paisaje
forjado por el fuego y esculpido por el tiempo.
Durante la caminata, sentimos bajo nuestros pies las coladas de lava solidificada, testigos de antiguas erupciones
que aún parecen susurrar su historia. A cada paso, el contraste entre las piedras oscuras y el verde intenso del
bosque lluvioso nos recuerda la fuerza de la regeneración. Los árboles emergen de la roca como un acto de
esperanza.
Llegamos al Lago Arenal, donde el volcán se refleja como un espejo de otro mundo. La vista es sobrecogedora: el
agua en calma, el cielo abierto, y esa cúpula perfecta que domina el horizonte.
Por la tarde, el ritmo se vuelve suave. Tendrás tiempo libre para almorzar, descansar o simplemente contemplar el
paisaje tropical que nos rodea. Y si buscas una experiencia aún más conectada con la tierra, puedes unirte de forma opcional a la visita a la Finca Educativa Don Juan. Allí, conocerás el proceso artesanal del cacao y la caña de
azúcar, desde la planta hasta el paladar, culminando con un almuerzo orgánico típico que sabe a herencia y
sostenibilidad.
La noche en La Fortuna es un regalo más. Con la cena libre, es el momento perfecto para dejarse seducir por un
ceviche de tilapia, fresco y vibrante, o unas empanadas de plátano, dulces y reconfortantes.
Un día lleno de contrastes, sabores y memorias volcánicas
El amanecer en La Fortuna ofrece una quietud cálida, envuelta por la brisa del bosque y la silueta del Volcán Arenal
a lo lejos. Después del desayuno, el día se despliega sin prisas, como una invitación abierta a disfrutar la naturaleza
costarricense a tu propio ritmo.
Quienes lo deseen pueden sumarse a una experiencia opcional en el mágico Parque Místico. Allí, los puentes
colgantes se elevan entre las copas de los árboles, conectando senderos suspendidos sobre el dosel selvático.
Caminar por estas alturas es como flotar dentro del bosque: cada paso ofrece una nueva perspectiva, cada mirada se
cruza con mariposas, aves y rincones donde la selva se revela sin filtros. Es un paseo que combina emoción y
contemplación, donde la altura regala otra forma de mirar la vida.
La tarde también ofrece una experiencia opcional, esta vez para el cuerpo: la visita a EcoTermales Fortuna, un rincón
de paz donde las aguas termales fluyen en medio de una vegetación exuberante. Allí, sumergido en piscinas
naturales de aguas calientes, el tiempo parece disolverse. El murmullo del agua, el perfume de la tierra húmeda y la
sombra de los árboles crean el ambiente perfecto para la desconexión total.
Al regresar, el ritmo tranquilo continúa. La cena es libre, y las sugerencias de nuestro guía pueden inspirarte a probar
un delicioso arroz con camarones, lleno de sabor y frescura, o un tamal asado, ese bocado tradicional que guarda el
alma culinaria del país entre hojas de plátano.
Con el desayuno aún fresco en el paladar, dejamos atrás las tierras volcánicas de La Fortuna y emprendemos camino
hacia la brisa marina del Pacífico costarricense. La carretera serpentea entre paisajes cambiantes hasta que un alto
inesperado detiene el tiempo: el puente sobre el Río Tárcoles.
Nos asomamos desde las alturas y allí están, inmóviles y prehistóricos, los cocodrilos americanos tomando el sol
entre las aguas turbias del río. Algunos se deslizan con una calma aterradora, otros yacen como estatuas vivas.
Un momento que mezcla asombro y respeto, ideal para capturar con la cámara… y con la memoria.
Seguimos la ruta hacia Manuel Antonio, donde la vegetación vuelve a abrazar la carretera, y el aroma del mar
comienza a filtrarse en el aire. Al llegar, nos instalamos en nuestro hotel, inmerso en un entorno tropical que invita al
descanso.
La tarde queda libre, y tú decides cómo vivirla: puedes relajarte en la piscina, disfrutar de las instalaciones o salir a
explorar el pintoresco pueblo de Quepos, con su ambiente costero, tiendas de artesanía, y una energía cálida y
alegre.
Cuando cae la noche, nos reunimos para disfrutar de una cena incluida en el hotel. Los sonidos del bosque y el
susurro del mar acompañan el final de un día que nos ha llevado del asombro natural a la calma del Pacífico
Despertamos con el sonido del trópico y, tras el desayuno, nos preparamos para entrar en uno de los santuarios
naturales más cautivadores del país: el Parque Nacional Manuel Antonio.
Acompañados por nuestro guía, recorremos senderos que serpentean entre selva húmeda, palmeras altísimas y
miradores desde los que se extiende el océano Pacífico en todo su esplendor. La vida se manifiesta en cada rincón:
tucanes de vivos colores saltan de rama en rama, los monos cariblancos hacen travesuras entre los árboles y, si
tenemos suerte, algún perezoso se dejará ver, envuelto en su calma legendaria.
La caminata nos conduce hacia una de las joyas del parque: sus playas de arena blanca. Aquí, el verde de la selva
se funde con el azul del mar, y el tiempo se detiene. Tendrás tiempo libre para darte un baño en aguas cálidas, dejarte
acariciar por el sol o simplemente sentir la naturaleza en su estado más puro.
Para quienes buscan más aventura, el parque ofrece actividades opcionales como tours en catamarán, snorkel
entre peces tropicales o un recorrido en kayak por la costa. Sea cual sea tu elección, la experiencia será inolvidable.
La cena es libre y la noche en Quepos trae consigo el sabor auténtico de la costa: puedes dejarte guiar por las
recomendaciones locales y probar una humeante sopa negra, hecha a base de frijoles y especias, o un chifrijo, esa
mezcla irresistible de arroz, chicharrón, frijoles y pico de gallo que resume la esencia del sabor tico Un día que combina emoción, calma, paisajes y sabores, como solo Costa Rica sabe ofrecer.
El último día completo en esta tierra de vida y color se abre con total libertad. Puedes comenzar la jornada regresando
al Parque Nacional Manuel Antonio, donde las aguas cristalinas y la brisa marina te ofrecen un espacio para
nadar, descansar o simplemente contemplar la belleza serena de este rincón costarricense Si prefieres quedarte en el hotel, las instalaciones están pensadas para el descanso tropical: hamacas entre palmeras,
jardines llenos de canto de aves y un ritmo lento que invita a bajar el pulso y conectar contigo mismo.
Para quienes aún buscan un toque de aventura, nuestro guía estará encantado de proponerte actividades
opcionales que aprovechan al máximo el entorno: un paseo en kayak por las aguas tranquilas, una excursión en
bicicleta por senderos costeros o incluso un momento de bienestar con un masaje frente al mar, donde cada ola
parece sincronizarse con tu respiración.
Este también puede ser el día perfecto para profundizar en la cultura local, probando nuevos sabores, conversando
con los lugareños o simplemente observando cómo late la vida cotidiana en Quepos.
Por la noche, la cena libre se transforma en una celebración íntima del viaje. ¿La recomendación? Un sabroso gallo
de pescado, fresco y especiado, o un contundente casado con chuleta, el plato perfecto para cerrar este recorrido
con todo el sabor de Costa Rica.
El día comienza con la serenidad de las despedidas silenciosas. Tras el desayuno, emprendemos el camino de
regreso hacia San José, atravesando paisajes ya conocidos pero que ahora se sienten distintos, más cercanos, más
nuestros.
Durante el trayecto, haremos una pausa para almorzar por libre. Será una última oportunidad para saborear los platos
que nos han acompañado estos días: tal vez un casado, un ceviche, o incluso un simple café con vista al verde
infinito. Un instante perfecto para reflexionar, compartir anécdotas y dejar que los recuerdos se acomoden en el
corazón.
Cada conversación, cada sonrisa, cada paisaje que se asomó por la ventanilla, ha tejido esta experiencia única. Y
aunque tomamos el vuelo de regreso a España, algo de nosotros se queda entre las hojas del bosque tropical, el
murmullo del océano Pacífico y el crujir de las coladas de lava bajo nuestros pasos.
Este no es un adiós, sino un «hasta pronto». Porque los lugares que nos transforman siempre nos llaman de nuevo.
Desembarcaremos en España tras un viaje lleno de emociones y momentos inolvidables. Con imágenes de
exuberantes selvas, playas paradisíacas y encuentros únicos con la naturaleza, damos por concluida esta maravillosa
experiencia en Costa Rica.
¡¡¡Hasta el próximo viaje!!!

Servicios incluidos
22 julio GRUPAL 2.795 €
Por persona en habitación doble
6 agosto GRUPAL 2.745 €
Por persona en habitación doble
17 de agosto SINGLE 2.695 €
Por persona en habitación doble
695 € suplemento habitación individual
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